¿De qué sirve el Derecho si no puede proteger la vida? Una reflexión sobre Palestina

Una reflexión sobre Palestina y las razones por las que el derecho internacional, aun con normas claras, no logra proteger la vida cuando faltan mecanismos para hacerlas cumplir.

GOBIERNO, POLÍTICAS PÚBLICAS Y EL MUNDOARTÍCULOSARAI LARA MENDEZ

Sarai Lara Mendez

10/13/20265 min read

Imagen ilustrativa: generada mediante inteligencia artificial con ChatGPT (OpenAI), 2026.

Una promesa que nos hicieron a todos

Desde pequeños nos enseñaron en la escuela y en las noticias, que vivimos en un mundo civilizado porque hay reglas. Nos dicen que el orden internacional que se construyó después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial fue creado con un único propósito y una idea sencilla: evitar que la barbarie se repita y garantizar que la fuerza bruta nunca más esté por encima de la vida humana.

En Gaza esa idea se está poniendo a prueba. El 7 de octubre de 2023, Hamás atacó el sur de Israel, mató a cerca de 1,200 personas y tomó alrededor de 250 rehenes. La respuesta militar israelí dejó a la Franja en ruinas. En abril de 2024, una misión de la Organización Mundial de la Salud encontró el hospital Al-Shifa, el más grande de Gaza, reducido a “un cascarón vacío”, y reportó que sólo 10 de los 36 hospitales principales seguían funcionando, y apenas de forma parcial. En agosto de 2025, el sistema internacional que mide las crisis alimentarias (la CIF) confirmó hambruna en la gobernación de Gaza, la primera que se declara en Oriente Medio.

Sostengo que en Gaza no han faltado normas, sino mecanismos para hacerlas cumplir. El sistema internacional deja la última palabra a los mismos Estados que tienen razones para no aplicarlas. Mientras eso siga así, el derecho internacional va a proteger a las personas solo cuando a las grandes potencias les convenga.

Un sistema diseñado con una trampa

Cuando tratamos de entender por qué el mundo se queda sentado, nos damos cuenta de qué el problema no es que las leyes “fallaran por accidente”. Las cosas son mucho más profundas y responden a la forma en que se organiza la potencia global.

Como el freno en el Consejo de Seguridad que nos dice que la ONU no existe para cuidar la paz mundial, pero la realidad es que el órgano con poder de decisión tiene un gran candado. Basta con que uno de sus cinco miembros permanentes ejerza su “poder de veto” para impedir cualquier resolución que llame a un alto el fuego. Así, la vida de millones termina según los intereses de un puñado de potencias.

O el doble estándar que indigna e impide notar la diferencia en el trato. Cuando se vio violada la soberanía de un país en Europa, la respuesta internacional fue inmediata: sanciones económicas, condenas unánimes y apoyo masivo a las víctimas. Pero cuando las víctimas son palestinas en Gaza o en Cisjordania, los gobiernos suelen reaccionar de manera desviada, pidiendo “prudencia” o mirando hacia otro lado. Esto nos envía un mensaje aterrador: él pareciera que la vida humana no vale lo mismo según el lugar donde hayas nacido.

La manipulación de las reglas

Lo más indignante es que las reglas para proteger a “la gente común” en una guerra existen y se llaman Derecho Internacional Humanitario y se basan en principios de sentido común que cualquiera puede entender: “no ataques a civiles, no uses más fuerza de la necesaria y haz todo lo posible para evitar las tragedias inocentes”.

¿Por qué, entonces, no se cumplen? Porque presenciamos una manipulación constante de esas reglas; se usan términos técnicos como “legítima defensa” o “necesidad militar” para intentar justificar lo injustificable, como quitarles el agua, la luz y la comida millones de personas, destruir barrios y ciudades enteras y castigar a toda una población por los actos de unos cuantos. Cuando las leyes se distorsionan para justificar el sufrimiento en lugar de evitarlo, dejan de ser un freno a la violencia y se convierten en una excusa para la impunidad.

La impotencia de la justicia internacional

¿Cómo reaccionan los tribunales del mundo ante eso? En los últimos meses, hemos visto cómo países llevaron el caso ante la Corte Penal Internacional de Justicia para exigir que se detengan las violaciones a los derechos humanos. Para muchos, fue una luz de esperanza ver que los jueces internacionales intervienen.

Sin embargo, ahí es donde la realidad nos golpea a todos: los tribunales internacionales no tienen su propia “policía” propia para ir al lugar de los hechos y hacer cumplir sus órdenes. Una sentencia de la Corte Penal Internacional que ordena la protección del pueblo es impecable sobre el papel, pero si un gobierno decide ignorarla respaldarla con sus aliados, la orden judicial se convertirá en un documento firmado muy valioso para la historia, pero tragicamente inutil para la familia que está bajo las bombas en ese preciso momento.

La pregunta que todos debemos hacer

La tragedia de Palestina no es solo un conflicto lejano, es un espejo muy incómodo que nos enfrenta a todos como sociedad. No podemos seguir viendo el Derecho Internacional como algo ajeno, responsabilidad exclusiva de los diplomáticos, mientras vemos el sufrimiento humano en tiempo real a través de nuestras pantallas.

Todo esto nos obliga a hacernos preguntas que apelan a nuestro sentido común y a nuestra conciencia ¿Realmente creemos que las leyes internacionales existen para defender a los vulnerables, o son solo un lenguaje elegante para ocultar los intereses de los más poderosos? ¿Si aceptamos que las normas de protección humanitaria de Palestina puedan ser ignoradas sin consecuencias? ¿Con qué cara exigimos que se respete la vida humana en el futuro en cualquier otro rincón del planeta? ¿Estamos listos para resignarnos a un mundo donde la ley de los más fuertes es la única que realmente se aplica?

El derecho no puede ser un espectador frío e indiferente frente a la tragedia. O en el orden internacional recupera su capacidad real de frenar la barbarie y defender a cualquier ser humano por igual, o tendremos que admitir la verdad más dolorosa de todas; las leyes mundiales se han convertido en una ilusión vacía que protege solo aquellos que ya tienen el poder.

Referencias

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